Martingala

En lenguaje coloquial, martingala se emplea como sinónimo de truco, treta o argucia. “Para cortar el vidrio con tijeras el cristalero empleó la martingala de hacerlo cortando debajo del agua...”. La martingala (del francés, martingale) es un método para apostar en juegos de azar que nació en Francia en el siglo XVIII. La más simple de sus versiones fue diseñada para un juego en el que el apostante gana la apuesta en caso de que al lanzar una moneda caiga de cara y pierde en caso de que salga cruz. En el juego de la ruleta, la martingala consiste en apostar una cantidad, un euro por ejemplo, a un color, por ejemplo al rojo. Si se pierde, se duplica la última apuesta: dos euros al rojo. En caso de volver a perder, se vuelve a duplicar la última apuesta: cuatro euros al rojo… En el momento en el que se gane una vez, se logra un beneficio de un euro (la apuesta inicial). Como “en algún momento” saldrá el rojo, a priori parece una estrategia ganadora, ¿no?

Pues no… a menos de que uno disponga de un presupuesto infinito!!! Además, en algunos casinos, existe un tope máximo de apuesta, por lo que, en ese momento no se podría continuar con la estrategia.  

Está muy extendida la idea de que es posible ganar de forma segura con este método y algunos spammers y webs de casinos online la usan como cebo. La martingala falla por las siguientes razones:

– Uno no cuenta con presupuesto infinito.

– Existe un tope de apuesta que llegado a él, habría que detener el método y asumir las pérdidas. No se puede duplicar la apuesta aunque se disponga de dinero.

– Una secuencia desfavorable puede acabar muy rápido con el “colchón” de dinero del jugador.

– La ruleta es un juego de esperanza negativa, o en otras palabras, desfavorable para el jugador. La culpa la tiene la casilla verde (el número cero), que no es blanca ni negra y es la de la banca.

El concepto de la martingala en la teoría de probabilidades fue introducido por Paul Pierre Lévy(1886 – 1971), y una gran parte del desarrollo original de la teoría lo realizó Joseph Leo Doob. Parte de la motivación para ese esfuerzo era demostrar la inexistencia de estrategias de juego infalibles.

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