El códice C

Después de la publicación del Código Da Vinci cualquier libro que lleve como título código o códice, parece que está impregnado de cierto halo de misterio. El best-seller combina el suspense detectivesco y el esoterismo, todo ello aderezado con una teoría de conspiración para darle más jugo al libro. En Matemáticas también hay historias que bien merecerían un libro de aventuras y suspense. Concretamente, la historia del códice C es apasionante.

Debemos remontarnos a la Siracusa del siglo III a.C. Allí nació Arquímedes y escribió la mayor parte de sus obras. La envergadura  de las obras de Arquímedes superaba la de los Elementos de Euclides y eran mucho más sofisticadas, sólo aptas para entendidos. Por lo tanto es razonable que no hubiera apenas copias de sus obras, posiblemente depositadas en la gran Biblioteca de Alejandría o en la biblioteca hija de Serapeum. Todas su obras desaparecieron y muchos de los resultados obtenidos por Arquímedes no fueron conseguidos por los sabios sino hasta 500 años después, dando pie a la cuestión de en qué estado de avance estaría la civilización actual si esos conocimientos hubieran estado al alcance de los eruditos.

Sin embargo entre los siglos IX y X se compusieron en Constantinopla tres manuscritos que recopilaban los resultados de Arquímedes encontrados hasta ese momento: los códices A, B y C. El códice A desapareció a mediados del siglo XVI, pero se hicieron varias copias que aún se conservan hoy en día en bibliotecas de Italia y Francia. El códice B desapareció antes y desde comienzos del siglo XIV no se supo más de él. El códice C es el único del que sabemos hoy en día su paradero, aunque el que menos influencia ha tenido para la ciencia puesto que ha permanecido oculto hasta que fue descubierto en 1906.

Palimpsesto de Arquímedes

En algún momento del siglo XII alguien decidió que la obra de Arquímedes no era demasiado importante y reutilizó este pergamino para escribir cosas más interesantes como un texto litúrgico. El manuscrito fue desatado, rascado, lavado y finalmente encuadernado junto con folios de otros cuatro libros. El devoto copista convirtió en palimpsesto el texto de Arquímedes y escribió sus oraciones cristianas sobre los más profundos teoremas que había producido el mundo griego. De esta forma quedó oculto durante siete siglos.

El académico alemán Constantine Tischendorf visitó Constantinopla (actual Estambul) en la década de los años 1840 y dio noticias de un escrito matemático griego visible en el palimpsesto. Pero sería el filólogo danés Johan Ludvig Heiberg (1854-1928) quien se daría cuenta, cuando inspeccionó el palimpsesto en 1906, que se trataba nada más y nada menos que de Arquímedes, conteniendo obras que se creían perdidas.

Heiberg tomó fotografías de la obra, a partir de las cuales obtuvo transcripciones que publicó entre 1910 y 1915. Sin embargo, su trabajo quedó interrumpido por el inicio de la Primera Guerra Mundial. El texto quedó en posesión de la biblioteca de Constantinopla y pronto desapareció. ¡Parece que el sino de los códices arquimedianos es de desaparecer! Estuvo en paradero desconocido durante casi todo el siglo XX hasta que volvió a la luz el 28 de actubre de 1998 en una subasta en Christie´s en Nueva York. Fue adquirido por más de dos millones de dólares por un coleccionista americano anónimo.

El palimpsesto de Arquímedes fue sometido entre los años 1999 y 2008 a un intenso estudio en el Museo Walters, en Baltimore, así como a un proceso de restauración (el pergamino había sufrido deterioros por efecto del moho). El 29 de octubre de 2008, coincidiendo con el décimo aniversario de la adquisición del palimpsesto por subasta, toda la información derivada del documento, incluyendo imágenes y transcripciones, fueron alojadas en internet para su uso bajo una licencia Creative Commons, y las imágenes procesadas fueron publicadas en Google Books.

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Y.D.
    Ene 15, 2015 @ 14:00:43

    El Código Da Vinci, es una bazofia (como literatura), y el Código C, por la historia descrita, se merece mejor suerte narrativa, de un historiador «serio», que se precie autori-zado para llevar a cabo esta empresa.

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